El Salvador al 100 Por Ciento 

por David Feddes

Tengo buenas noticias y malas noticias. ¿Qué te gustaría escuchar primero? ¿Las buenas noticias? Lo siento. No podrás creer las buenas noticias ni comprender por qué son tan buenas, a menos que primero sepas las malas noticias. Si las malas noticias se vuelven demasiado desalentadoras para ti, sigue leyendo de todos modos, y recuerda: las buenas noticias están por venir.

La parte del mensaje Cristiano que puede ofender a más personas que cualquier otra es lo que la Biblia dice acerca del pecado. Otras religiones hablan del pecado como un problema de conducta que necesitamos corregir, o de una falta de conocimiento que necesitamos corregir a través de la educación y del entrenamiento, o como una ofensa que necesitamos compensar mediante la realización de algún ritual o esforzándonos más. Pero la Biblia habla del pecado como un desastre en tres aspectos: una deuda tan monstruosa que posiblemente no podamos pagar, una distancia tan enorme entre nosotros y Dios que no podemos cruzar, una Muerte tan definitiva que no tenemos vida espiritual en absoluto.

Y eso no es lo que nos gusta escuchar. Si acaso llegamos a pensar en el pecado (y preferiríamos no hacerlo), nos gusta pensar que se trata de un defecto menor—tal vez pedir una bola de helado cuando se supone que estamos a dieta. Nos gusta pensar que el pecado es solo un problema técnico que aparece de vez en cuando en la vida de personas que, por lo demás, son bastante buenas. Nos gusta pensar que el pecado no es tan importante. Claro, nadie es perfecto, pero ¿quién quiere ser perfecto?

Pero te guste o no, la Biblia dice que el pecado es un desastre al 100 por ciento, una condición de ruina absoluta. Las Escrituras usan una cantidad de imágenes diferentes para llevar el mensaje a casa, y tres de las más llamativas son los tres aspectos: deuda, distancia y muerte.


Deuda

Las Escrituras a menudo hablan del pecado como una deuda. Le debemos a Dios por ofenderlo y por hacer mal uso de lo que nos ha dado. Nos gustaría pensar que nuestra deuda no es tan grande, o incluso si lo es, que podemos compensarla. Pero Jesús destruye cualquier noción que podamos tener de que nuestro pecado es menor o que de alguna manera podemos pagar la deuda. En una de sus parábolas, Jesús describe a un hombre que es llevado ante un rey. Se enfrentará a la pérdida de todas sus posesiones e incluso a su familia a menos que pague lo que debe. Este hombre le debe diez mil talentos al rey. Un talento valía diez mil denarios, y un denario valía el salario de un día, por lo que diez mil talentos equivalían a cien millones de días de salario.

Y sin embargo, cuando el hombre aparece ante el rey, ¿qué dice? "Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo". ¡Sí claro! Podía trabajar siete días a la semana, con solo un día libre por enfermedad de vez en cuando, y aún le tomaría 300,000 años para hacer diez mil talentos. ¿Qué va a hacer? Trabajar un año y luego decir: "Un año menos, solo faltan 299,999 años". ¡Ridículo! Incluso si el hombre tuviera suficientes vidas para hacerlo, el interés en tal cantidad haría que la deuda aumentara en lugar de disminuir, sin importar cuánto trabajara.

Jesús dice que nuestro pecado es como esa deuda. El precio de lo que le debemos a Dios está más allá del cálculo. Si hay alguna esperanza de pagar la deuda, no será por trabajar más arduamente o por hacer otras buenas obras. Nuestra única esperanza es si el Rey de alguna manera pudiera absorber la pérdida y cancelar la deuda.


Distancia

Otra forma en que la Biblia describe el efecto del pecado es en términos de distancia. Romanos 3:23 dice: "Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios". No podemos cubrir la distancia entre nuestro yo pecaminoso y la gloria perfecta de Dios. Todos nos quedamos cortos.

A menudo no lo vemos de esa manera, por supuesto. No pensamos en no alcanzar a Dios. En cambio, miramos a los demás y nos decimos a nosotros mismos que somos mejores que muchos de ellos. ¿Y qué? Incluso si fuera cierto, eso no acortaría la distancia entre nosotros y Dios.

Imagina que estás parado en el borde de un acantilado a un lado de un profundo cañón, y que necesitas llegar al otro lado a mil pies de distancia. ¿Te ayudará si puedes saltar un poco más que otras personas? Si fueras una abuela tratando de saltar, solo volarías unos metros y luego te lanzarías a las rocas de abajo. Si fueras más joven y fuerte, podrías saltar varios pies más en el espacio, pero aun así terminarías cayendo y estrellándote en las rocas de abajo. Si fueras el poseedor del récord mundial en el salto de longitud, y tuvieras el viento a tus espaldas, podrías volar más lejos que cualquier otra persona, pero ¿y qué? Todavía te quedarías corto y perecerías.

No importa cómo te compares con los demás. Lo que importa es si puedes cubrir la distancia entre tú y Dios. Y no puedes. Puedes intentarlo con todas tus fuerzas, pero si todo lo que tienes es tu propia habilidad, aterrizarás en el abismo del infierno. Todos pecaron y se quedan cortos, muy cortos, de la gloria de Dios. Cuando quieres cruzar un cañón de mil pies de ancho, no necesitas mejorar tu salto. Necesitas un puente.


Muerte

Una tercera forma en que la Biblia muestra nuestra condición es en términos de muerte. Las Escrituras hablan de estar "muertos en vuestros delitos y pecados" (Efesios 2:1). En otro lugar, dice que una persona "que se entrega a los placeres, viviendo está muerta" (1 Timoteo 5:6). La existencia sin Dios es una muerte viviente.

¡Qué sombrío! ¡Qué desolador! ¡Qué absolutamente desesperado! ¿Cómo puede una persona muerta hacer algo para mejorar? ¿Cómo puede una persona muerta hacer algo más que pudrirse, descomponerse y desintegrarse?

Es una imagen sombría, y vemos de nuevo por qué no sirve hacer comparaciones entre diferentes personas. Sin Dios, todos están muertos en pecado, y una persona muerta no está menos muerta que otra. Un cadáver puede estar en una condición un poco mejor que otro, pero ¿y qué? Lo muerto está muerto. Una persona que muere repentinamente de un ataque al corazón y cuyo cuerpo aún se ve bien no está menos muerto que una persona cuyo cuerpo es mutilado en un accidente automovilístico. Una persona cuyo cuerpo muerto apenas ha empezado a pudrirse no está menos muerto que alguien cuyo cuerpo se pudrió dejando solo un esqueleto. Un cadáver puede verse mejor que otro, pero lo muerto está muerto. Hay grados de decaimiento, pero no grados de muerte.

Las personas en pecado están muertas. Puedes protestar que muchas personas sin Cristo todavía tienen mucho de bueno en ellas, y podrías preguntarte cómo alguien puede decir que esas personas están espiritualmente muertas. Pero acabamos de ver la respuesta a ello. El grado de descomposición y de corrupción puede diferir de persona a persona: algunos están completamente podridos y hacen todo tipo de cosas horribles, otros se ven bien y no parecen ser tan malos, pero todos están igualmente muertos en pecado, son igualmente incapaces de vivir eternamente en Dios, se encuentran igualmente indefensos para volver a estar vivos y saludables. Si alguna vez queremos tener vida, tendrá que ser una vida que provenga de fuera de nosotros.

Deuda, distancia y muerte: esa imagen de tres aspectos del pecado es horrible, es ofensiva y a ninguno de nosotros nos gusta escucharla. Pero es la verdad. Viene directamente de las páginas de la Biblia, directamente de la boca del mismo Dios. No hay otra visión de la vida, ninguna otra religión, que tenga una visión tan sombría del potencial y de las posibilidades humanas. El Cristianismo es la más pesimista de todas las religiones.


Buenas Noticias

Y sin embargo, el Cristianismo es también la más optimista de todas las religiones, ya que basa todo, no en nuestro potencial y posibilidades, sino en el poder de Dios para salvarnos. Y eso nos lleva a las buenas noticias. El pecado es un desastre al 100 por ciento, pero Jesús es un Salvador al 100 por ciento. En Tito 3, el apóstol Pablo escribe: "Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia". Él nos salvó—Dios lo hizo, nosotros no hicimos nada de eso, y él lo hizo "no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia".

Jesús es el Salvador al 100 por ciento. La Biblia dice que "puede salvar —una vez y para siempre— a los que vienen a Dios por medio de él" (Hebreos 7:25, NVI). Otra traducción de ese versículo dice "puede salvar para siempre a los que se acercan a Dios". Otra traducción más, la antigua versión de Reina Valera, lo expresa de una manera que yo amo: "puede también salvar perpetuamente". ¡Perpetuamente! ¡Por todo el tiempo! ¡Completamente! De cualquier forma que lo traduzcas, significa que Jesús es el Salvador al 100 por ciento. Él proporciona el 100 por ciento de lo que necesitamos, no el 20 por ciento, ni el 50 por ciento, ni el 99 por ciento, sino el 100 por ciento.

Piensa de nuevo en la imagen de tres aspectos de la Biblia acerca del pecado—deuda, distancia y muerte. Las malas noticias de la Biblia son que no podemos hacer nada para resolver nuestro problema de pecado, pero la buena noticia es que no tenemos que hacerlo. Jesús lo hace todo: al 100 por ciento. Para vencer los aspectos del pecado, Jesús proporciona tres R de rescate. La redención paga nuestra deuda. La reconciliación acorta la distancia entre nosotros y Dios. Y el renacimiento nos saca de nuestra muerte y nos vuelve a la vida.


Redención

Para hacer frente a nuestra deuda, Jesús ofrece la redención, el pago completo. Incluso antes de que Jesús viniera, Dios les mostró a los escritores inspirados del Antiguo Testamento que no podemos comenzar a pagar el precio para cubrir nuestros pecados y comprar la vida eterna, y que si confiamos en nosotros mismos, nuestra situación no tiene remedio. Pero Dios también inspiró a los escritores bíblicos para ver que Dios de alguna manera redimiría, de alguna manera pagaría el precio, por aquellos que confían en él. El salmo 130 dice: "JAH, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón... Espere Israel a Jehová, Porque en Jehová hay misericordia, Y abundante redención con él".

¡Abundante redención! ¡Pago al 100 por ciento! Los escritores del Antiguo Testamento lo vieron venir, y los escritores del Nuevo Testamento cuentan cómo sucedió. El pago fue nada menos que la sangre del unigénito Hijo de Dios. Jesús fue clavado en una cruz y derramó su sangre para redimirnos, para pagar nuestros pecados. Pedro escribe que fuimos rescatados "no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo" (1 Pedro 1:18-19). Pablo dice lo mismo cuando escribe: "En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia" (Efesios 1:7).

Vimos antes las malas noticias de que la deuda y la pena de nuestros pecados son tan enormes que no podemos pagarlas. Pero ahora vemos las buenas noticias de que el precio que pagó Jesús es tan infinitamente alto que no hay deuda que él no pueda cubrir, ningún pecado que no pueda pagar. Justo antes de que Jesús muriera, él gritó: "¡Consumado es!" Jesús no solo quería decir que terminaba de sufrir. La palabra en el idioma original es una palabra que las personas de negocios utilizan para cerrar una cuenta: cancelada, pagada en su totalidad, no queda nada por pagar, ¡consumada! Jesús pagó la deuda del pecado al 100 por ciento.

¿No sería una tontería, entonces, intentar agregar algo propio a lo que Jesús ha pagado? Digamos que te metiste en un problema financiero profundo. Pediste prestado demasiado dinero, acumulaste enormes deudas de tarjetas de crédito y no tenías forma de pagar nada de eso. El banco estaba a punto de quitarte tu automóvil e incluso tu casa. Pero ahora supongamos que un pariente murió y te dejó una fortuna. ¿Cómo manejarías las deudas que debes? ¿Seguirías mirando tus viejas cuentas bancarias para ver si tienes suficientes en ellas para pagar todas tus deudas? No, esas viejas cuentas tuyas no tienen nada que ofrecer, sino más deudas. Entonces, en lugar de mirar tus cuentas antiguas y tu propio registro financiero, observa tu nueva herencia. Dependes de eso para pagar tu deuda.

¿No sería tonto depender de tus propios esfuerzos para pagar tus pecados? Tus propios esfuerzos siempre están manchados por el pecado. Simplemente aumentan nuestra deuda. Tus propias cuentas son todas deudas, no hay depósitos. Pero Jesús provee un pago al 100 por ciento. No puedes agregarle nada al pago que él ya ha proporcionado. Todo lo que puedes hacer es aceptarlo y regocijarte en el hecho de que el Salvador al 100% te redime de tu deuda.


Reconciliación

Una segunda cosa que hace Jesús es esta: trata con la distancia entre nosotros y Dios y nos reconcilia con él. "Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios".   El cañón del pecado que nos separa de Dios es tan amplio que no podemos cruzarlo. Siempre nos quedamos cortos. "Pero ahora en Cristo Jesús", dice la Biblia, "vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo" (Efesios 2:13). Jesús conecta el cañón de alienación de Dios y elimina la distancia provocada por el pecado. Él restaura la relación, nos acerca a Dios y nos reconcilia con él.

La Biblia dice: "Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él" (Colosenses 1:21-22).

No querrás contar con tu propia habilidad de saltar para atravesar un gran cañón. Prefieres contar con un puente. Así que no cuentes con tus propios esfuerzos para devolverte a Dios. Cuenta con Jesús. Él es tu puente, tu conexión con Dios.

Y permíteme enfatizar nuevamente, Jesús es tu puente al 100 por ciento. Él no es el 50 por ciento y tú el 50 por ciento. Él no es ni siquiera el 99 por ciento y tú el 1 por ciento. No, tu conexión con Dios tiene que ser Jesús al 100%. No puedes agregarle nada a aquello que Jesús proporciona.

¿Qué pensarías de un puente soportado por cables en el que casi la longitud completa de cada cable fuera del acero más resistente, pero una sección corta de cada cable estuviera hecha de hilo podrido? ¿Te gustaría contar con un puente como ese? No, hasta el último pedazo de ese cable tiene que ser absolutamente fuerte y confiable. Un puente es tan fuerte como su parte más débil. De la misma manera, si incluso la parte más pequeña de tu conexión con Dios depende de tus propios logros, estás en problemas. Pero si tu conexión con Dios es Jesús al 100%, puedes estar completamente seguro. Jesús no es mitad Salvador. Él es el Salvador al 100 por ciento.


Renacimiento

Ahora pasemos al tercero de los tres aspectos, la muerte, y observemos la tercera R del rescate de Jesús: el renacimiento. La solución de Dios para la muerte espiritual es el renacimiento. En Efesios 2, el apóstol Pablo les dice a algunas personas que han venido a Cristo: "Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire [Satanás]... Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)" (Efesios 2:1,4-5). La Biblia habla una y otra vez de cómo Dios hace que las almas muertas vivan en Cristo, nazcan de Dios, nazcan de arriba, nazcan de nuevo.

Nacer no es algo que haces. Es algo que te sucede. No decidiste: "Voy a revivir en el útero de mi madre". No decidiste: "Voy a nacer". La vida no es algo que te des a ti mismo. Es algo que te ha sido dado. Eso es cierto para la vida física y es cierto para la vida espiritual. Es verdad del nacimiento, y es verdad del renacimiento. No haces nada para estar vivo. Dios te hace vivir a través del poder vivificante de la resurrección de Jesús. Él eleva tu corazón muerto a la vida a través del mismo Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos.

Si no crees nada de esto, tal vez sea porque estás muerto en pecado, demasiado muerto como para responder. Pero si te encuentras creyendo en el mensaje del evangelio que has estado escuchando, si te encuentras admitiendo tu desesperanza en el pecado y mirando a Jesús para tu salvación, no es porque de alguna manera hayas logrado alcanzar una cierta cantidad de fe. ¡No! Significa que el Espíritu de Cristo está despertando a tu espíritu de su muerte y dándote un renacimiento. Dios lo está haciendo. Es la obra de Jesús, de principio a fin.


100 Por Ciento Fe

Si has nacido de nuevo en Jesús, pon tu fe en él al 100 por ciento. Nunca vuelvas a contar con nada sino con el Salvador al 100 por ciento. El apóstol Pablo una vez les escribió una carta a algunas personas de la provincia Romana de Galacia, a quienes Jesús había salvado, pero que estaban olvidando temporalmente aquello que los había salvado. Estaban empezando a volver a confiar en varias obras y rituales. Pablo les escribió y les dijo: "Si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo ¡Oh gálatas insensatos! a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?... ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? (Gálatas 2: 21, 3:3)

A lo largo de la historia siempre ha habido una tentación y una tendencia incluso dentro de la iglesia para que algunas personas digan que las malas noticias no son tan malas como dice la Biblia, y para decir que todavía podemos hacer algo para contribuir a nuestra salvación. Y junto con eso también ha habido una tendencia para decir que las buenas nuevas no son tan buenas, que Jesús quizás sea necesario para la salvación pero no suficiente, que Jesús hace su parte y que el resto depende de nuestros esfuerzos.

Cualquier enseñanza que niegue nuestra total ruina en el pecado nos deja espacio para hacer al menos algo en relación a Dios, y sea lo que sea que se supone que todavía podamos hacer pronto se enseña como algo que es necesario hacer como parte para ganar nuestra salvación. Mientras más creamos que podemos hacer, menos dependeremos de lo que Jesús hace.

Algunos han dicho, por ejemplo, que la sangre de Jesús cubre nuestros pecados pasados ​​pero no nuestros pecados futuros, por lo que la iglesia debe aumentar al sacrificio de Jesús ofreciendo ciertos rituales y requiriendo ciertas acciones para tratar con los pecados que la sangre de Jesús no tiene cubiertos. Sin embargo, la Biblia dice: "Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Pedro 3:18).

Debido a la tendencia continua a hacer que las malas noticias no sean tan malas y que las buenas noticias no sean tan buenas, los líderes ordenados por Dios desde Pablo hasta Agustín, Lutero y Calvino han tenido que reformar el mensaje de la iglesia una y otra y otra vez para mantenerlo en línea con el evangelio bíblico. El Espíritu de Cristo siempre está reformando y avivando a su iglesia para que la iglesia predique las malas noticias en todo su horror y las buenas noticias en todo su esplendor. Y cuando el Espíritu aplica esa verdad del evangelio al 100 por ciento en el corazón de un pecador al 100 por ciento como tú o como yo, recibimos el 100 por ciento de perdón y de vida eterna a través del 100 por ciento de fe en el Salvador al 100 por ciento.

 

Última modificación: miércoles, 28 de marzo de 2018, 08:15