"Cristo es el Todo" 

por J.C. Ryle

"Cristo es el todo."—Colosenses 3:11.

Las palabras del texto que encabeza esta página son pocas, cortas y breves de decir; pero contienen grandes cosas. Como aquellos dichos de oro, "para mí el vivir es Cristo"—"ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí"—éstos son singularmente ricos y sugestivos. (Filipenses 1:21; Gal. 2:20.)

Estas tres palabras son la esencia y la sustancia del cristianismo. Es conveniente para nuestras almas si nuestros corazones realmente pueden estar de acuerdo con ellas. Si no, podemos estar seguros de que todavía tenemos mucho que aprender.

Permítaseme intentar establecer ante mis lectores en qué sentido "Cristo es el todo"; y permítanme pedirles, mientras leen, que se juzguen honestamente, para que no hagan naufragio en el juicio del último día.

A propósito cierro este volumen con un artículo sobre este notable texto. Cristo es la fuente principal tanto del cristianismo doctrinal como del práctico. Un conocimiento correcto de Cristo es esencial para un conocimiento correcto de la santificación así como de la justificación. El que sigue la santidad no progresará a menos que le dé a Cristo su lugar legítimo. Comencé el volumen con una declaración clara sobre el pecado. Permítaseme terminar con una declaración igualmente clara acerca de Cristo.

I. Primero, entendamos que Cristo es el todo, en todos los consejos de Dios sobre el hombre.

(a) Hubo un tiempo en que esta tierra no existía. Sólida como se ven las montañas, sin límites como aparece el mar, alto como se ven las estrellas del cielo—una vez no existieron. Y el hombre, con todos los pensamientos elevados que ahora tiene de sí mismo, era una criatura desconocida.

Y ¿dónde estaba Cristo entonces?

Incluso entonces Cristo era "con Dios"—y "era Dios"—y era "igual a Dios" (Juan 1:1 y Fil 2:6). Aun así, Él era el Hijo amado del Padre: "Me has amado". Él dice, "antes de la fundación del mundo."—"Con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese."—"Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras." (Juan 17:5, 24, Prv. 8:23.) Incluso entonces Él era el Salvador "destinado desde antes de la fundación del mundo" (1 Pedro 1:20), y a los creyentes "nos escogió en él" (Efesios 1:4.)

(b) Hay un momento en que esta tierra fue creada en su orden actual. Sol, luna y estrellas, mar, tierra y todos sus habitantes, fueron llamados a existencia y creados a partir del caos y de la confusión. Y, por último, el hombre fue formado a partir del polvo del suelo.

Y ¿dónde estaba Cristo entonces?

Escucha lo que dicen las Escrituras: "Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho". (Juan 1:3) "En él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra." (Colosenses 1:16) "Y: Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, Y los cielos son obra de tus manos." (Hebreos 1:10) "Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo; cuando ponía al mar su estatuto, para que las aguas no traspasasen su mandamiento; Cuando establecía los fundamentos de la tierra, Con él estaba yo ordenándolo todo" (Prv. 8:27-30.) ¿Podemos preguntarnos que el Señor Jesús, en su predicación, continuamente debía sacar lecciones del libro de la naturaleza? Cuando hablaba de ovejas, de peces, de cuervos, del grano, de lirios, de la higuera, de la vid, hablaba de las cosas que él mismo había hecho.

(c) Hubo un día en que el pecado entró en el mundo. Adán y Eva comieron la fruta prohibida y cayeron. Perdieron esa naturaleza santa en la que fueron formados por primera vez. Perdieron la amistad y el favor de Dios y se convirtieron en pecadores culpables, corruptos, indefensos y sin esperanza. El pecado fue una barrera entre ellos y su santo Padre celestial. Si él hubiera tratado con ellos de acuerdo a lo que merecían, no hubiese habido nada ante ellos, sino la muerte, el infierno y la ruina eterna.

Y ¿dónde estaba Cristo entonces?

En ese mismo día, Él fue revelado a nuestros padres temblorosos, como la única esperanza de salvación. El mismo día que cayeron, se les dijo que "entre tu simiente [de la serpiente] y la simiente suya [de la mujer]; ésta te herirá en la cabeza", que un Salvador nacido de una mujer debía vencer al diablo y ganar para el hombre pecador la entrada a la vida eterna. (Génesis 3:15.) Cristo fue sostenido como la verdadera luz del mundo, en el mismo día de la caída; y nunca se ha dado a conocer ningún nombre desde ese día por el que las almas puedan ser salvadas, excepto el suyo. Por Él, todas las almas salvadas han entrado al cielo, desde Adán hacia abajo; y sin él ninguno ha escapado nunca del infierno.

(d) Hay un momento en que el mundo parecía hundido y enterrado en la ignorancia de Dios. Después de 4,000 años, las naciones de la tierra parecían haber olvidado al Dios que las había creado. Los imperios egipcio, asirio, persa, griego y romano no habían hecho más que propagar la superstición y la idolatría. Los poetas, los historiadores y los filósofos habían demostrado que, con todos sus poderes intelectuales, no tenían ningún conocimiento correcto acerca de Dios; y que ese hombre, abandonado a sí mismo, era completamente corrupto. "El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría" (1 Corintios 1:21). Exceptuando a unos pocos judíos despreciados en un rincón de la tierra, el mundo entero estaba muerto en la ignorancia y en el pecado

Y ¿que hizo Cristo entonces?

Dejó la gloria que había tenido desde toda la eternidad con el Padre, y descendió al mundo para brindar una salvación. Él tomó nuestra naturaleza sobre él, y nació como un hombre. Como hombre hizo la voluntad de Dios a la perfección, la cual todos habíamos dejado de hacer: como hombre en la cruz sufrió la ira de Dios que nosotros debíamos haber sufrido. Él trajo la justicia eterna para nosotros. Él nos redimió de la maldición de una ley quebrantada. Él abrió una fuente para todo pecado e inmundicia. El murió por nuestros pecados. Él resucitó para nuestra justificación. Él se inclinó a la diestra de Dios, y allí se sentó, esperando a que Sus enemigos fuesen estrados de sus pies. Y allí se sienta ahora, ofreciendo salvación a todos los que vendrán a Él, intercediendo por todos los que creen en Él, y administrando por medio del nombramiento de Dios todo lo que concierne a la salvación de las almas.

(e) Habrá un tiempo en que el pecado será expulsado de este mundo.—La maldad no siempre prosperará sin castigo—Satanás no siempre reinará—la creación no siempre gemirá, siendo agobiada. Habrá un tiempo de restitución de todas las cosas. Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, en los cuales morará la justicia, y la tierra estará llena del conocimiento del Señor como las aguas cubren la mar. (Ro. 8:22; Hechos 3:21; 2 Pe. 3:13; Is. 11:9.)

Y ¿dónde deberá estar Cristo entonces? Y, ¿qué deberá hacer?

Cristo mismo será Rey. Él volverá a esta tierra y hará que todas las cosas sean nuevas. Él vendrá desde las nubes del cielo con poder y gran gloria, y los reinos del mundo serán suyos. Los paganos le serán dados por herencia, y las últimas partes de la tierra por posesión. Ante él se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará que él es el Señor. Su dominio será un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido. (Mt 24:30; Ap. 11:15; Salmos 2:8; Fil. 2:10, 11; Dn. 7:14)

(f) Habrá un día en que todos los hombres serán juzgados. El mar entregará los muertos que hay en él, y la muerte y el infierno entregarán los muertos que hay en ellos. Todos los que duermen en el sepulcro despertarán y saldrán, y todos serán juzgados según sus obras. (Ap. 20:13; Dn. 12:2.)


Y ¿dónde estará Cristo entonces?

Cristo mismo será el Juez. "El Padre… todo el juicio dio al Hijo."—"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos."—"Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo" (Juan 5:22; Mt. 25:31-32; 2 Cor. 5:10.)

Ahora, si algún lector de este documento subestima a Cristo, ¡sepa este día que él es muy diferente a Dios! Tú eres de una sola mentalidad y Dios es de otra. Tú piensas que es suficiente darle a Cristo un pequeño honor—una pequeña reverencia—un pequeño respeto. Pero en todos los consejos eternos de Dios el Padre, en la creación, en la redención, en la restitución y el juicio, en todo esto, Cristo es "el todo".

Sin duda, haremos bien en considerar estas cosas. Ciertamente, esto no está escrito en vano: "El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió" (Juan 5:23.)

II. En segundo lugar, entendamos que "Cristo es el todo" en los libros inspirados que conforman la Biblia.

En cada parte de ambos Testamentos, se puede encontrar a Cristo—vaga e indistintamente al principio—más clara y explícitamente en el medio—entera y completamente al final—pero real y sustancialmente en todas partes.

El sacrificio y la muerte de Cristo por los pecadores, y el reino de Cristo y la gloria futura, son la luz que debemos aplicar a cualquier libro de las Escrituras que leemos. La cruz de Cristo y la corona de Cristo son la clave que debemos abrazar si encontraremos nuestro camino a través de las dificultades de las Escrituras. Cristo es la única llave que desbloqueará muchos de los lugares oscuros de la Palabra. Algunas personas se quejan de que no entienden la Biblia. Y la razón es muy simple. Ellos no usan la llave. Para ellos, la Biblia es como los jeroglíficos de Egipto. Es un misterio, solo porque no conocen ni emplean la llave.

(a) Fue el Cristo crucificado aquel que fue expuesto en cada sacrificio del Antiguo Testamento. Cada animal sacrificado y ofrecido en un altar era una confesión práctica acerca de que se buscaba a un Salvador que moriría por los pecadores—un Salvador que debería quitar el pecado del hombre, sufriendo, como su Sustituto y su Portador de pecado, en su lugar, (1 Pedro 3:18.) ¡Es absurdo suponer que un sacrificio sin significado de bestias inocentes, sin un objeto distinto a la vista, podría complacer al Dios eterno!

(b) Fue a Cristo hacia quien miró Abel cuando ofreció un sacrificio mejor que Caín. El corazón de Abel no solo fue mejor que el de su hermano, sino que mostró su conocimiento acerca del sacrificio vicario y de su fe en una expiación. Ofreció las primicias de su rebaño, con la sangre del mismo, y al hacerlo declaró su creencia de que sin derramamiento de sangre no hay remisión. (Heb. 11:4.)

(c) Era de Cristo sobre quien Enoc profetizó en tiempos de iniquidad abundante antes del diluvio.- "He aquí", dijo, "vino el Señor con sus santas decenas de millares." (Judas 15.)

(d) Era a Cristo hacia quien Abraham miró cuando habitó en tiendas en la tierra de la promesa. Él creía que en su descendencia—en una criatura nacida de su familia—todas las naciones de la tierra deberían ser bendecidas. Por fe, él vio el día de Cristo y se alegró. (Juan 8:56.)

(e) Fue de Cristo, sobre quien Jacob habló a sus hijos, mientras yacía moribundo. Él marcó a la tribu de la cual nacería, y predijo que se "congregaría" ante Él, lo cual aún no se ha cumplido. "No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, Hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos" (Génesis 49:10.)

(f) Cristo fue la sustancia de la ley ceremonial que Dios le dio a Israel por mano de Moisés. El sacrificio de la mañana y de la tarde—el continuo derramamiento de sangre—el altar—el propiciatorio—el sumo sacerdote—la pascua—el día de la expiación—la víctima propiciatoria:—todos estos fueron tantas representaciones, tipos y emblemas de Cristo y de Su obra. Dios tuvo compasión de la debilidad de su pueblo. Él les enseñó a "Cristo" línea sobre línea, y, al igual que nosotros les enseñamos a los niños pequeños, por similitudes. Fue especialmente en este sentido que "la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo" (Gálatas 3:24.)

(g) Fue a Cristo hacia quien Dios dirigió la atención de Israel por todos los milagros diarios que se hicieron ante sus ojos en el desierto. La columna de nube y de fuego que los guiaba—el maná del cielo que todas las mañanas les daba de comer—el agua de la roca herida que los seguía—todas y cada una eran figuras de Cristo. La serpiente de bronce, en esa memorable ocasión cuando la plaga de serpientes ardientes fue enviada sobre ellos, era un emblema de Cristo. (1 Cor. 10:4; Juan 3:14.)

(h) De Cristo fue de quien todos los jueces fueron tipos. Josué, David, Gedeón, Jefté y Sansón, y todos los demás que Dios levantó para librar a Israel de la cautividad—todos eran emblemas de Cristo. Débiles, inestables y defectuosos como lo fueron algunos de ellos, fueron puestos como ejemplo de cosas mejores en el futuro lejano. Todos tuvieron la intención de recordarles a las tribus a ese Libertador mucho más elevado que estaba por venir.

(i) De Cristo fue de quien David el rey fue un tipo. Ungido y elegido cuando pocos le dieron honor—despreciado y rechazado por Saúl y por todas las tribus de Israel—perseguido y obligado a huir por su vida—un hombre de dolores toda su vida, y al final un conquistador—en todas estas cosas David representaba a Cristo

(j) Fue sobre Cristo de quien hablaban todos los profetas desde Isaías hasta Malaquías. Veían oscuramente a través de un vaso. A veces se detenían en Sus sufrimientos, y algunas veces en Su gloria que debería seguir. (1 Pedro 1:11). No siempre nos marcaron la distinción entre la primera venida de Cristo y la segunda venida de Cristo. Como dos velas en una línea recta, uno detrás del otro, a veces veían ambos advenimientos al mismo tiempo, y hablaban de ellos en un solo aliento. A veces eran movidos por el Espíritu Santo para escribir sobre los tiempos del Cristo crucificado, y algunas veces sobre el reino de Cristo en los últimos días. Pero Jesús muriendo, o Jesús reinando, fue el pensamiento que siempre encontrarán en sus mentes.

(k) Es de Cristo, no necesito decirlo, de quien todo el Nuevo Testamento está lleno. Los Evangelios se tratan de "Cristo" viviendo, hablando y moviéndose entre los hombres. Los Hechos se tratan de "Cristo" predicado, publicado y proclamado. Las Epístolas se tratan de "Cristo" escrito, explicado y exaltado. Pero en todo, desde el principio hasta el final, hay un nombre sobre otro, y ese es el nombre de Cristo.

Le pido a cada lector de esta publicación que se pregunte con frecuencia qué es la Biblia para él. ¿Es una Biblia en la que no has encontrado nada más que buenos preceptos morales y buenos consejos? ¿O es una Biblia en la que has encontrado a Cristo? ¿Es una Biblia en la que "Cristo es el todo"? Si no, te digo claramente, hasta ahora has usado tu Biblia con muy poco propósito. Eres como un hombre que estudia el sistema solar y omite en sus estudios al sol, que es el centro de todo. ¡No es de extrañar que consideres a tu Biblia como un libro aburrido!


III. En tercer lugar, comprendamos que "Cristo es el todoen la religión de todos los verdaderos Cristianos de la tierra.

Al decir esto, deseo protegerme de ser malentendido. Sostengo la necesidad absoluta de elegir a Dios el Padre y la santificación de Dios el Espíritu a fin de efectuar la salvación de todos los que se salvan. Sostengo que hay una perfecta armonía y unísono en la acción de las tres Personas de la Trinidad, en llevar a cualquier hombre a la gloria, y que los tres cooperen y obren juntos en su liberación del pecado y del infierno. Tal como es el Padre, tal es el Hijo, y tal es el Espíritu Santo. El Padre es misericordioso, el Hijo es misericordioso, el Espíritu Santo es misericordioso. Los mismos tres que dijeron al principio, "Hagamos", también dijeron: "Redimamos y salvemos". Sostengo que todos los que lleguen al cielo atribuirán toda la gloria de su salvación al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, tres Personas en un solo Dios

Pero, al mismo tiempo, veo pruebas claras en las Escrituras de que la mente de la bendita Trinidad es que Cristo debe ser prominente y claramente exaltado en el asunto de salvar almas. Cristo es presentado como el "Verbo", a través del cual el amor de Dios para los pecadores es dado a conocer. La encarnación de Cristo y la muerte expiatoria en la cruz son la gran piedra angular sobre la cual descansa todo el plan de salvación. Cristo es el camino y la puerta, solo por las cuales es posible acercarnos a Dios. Cristo es la raíz en la cual todos los pecadores elegidos deben ser injertados. Cristo es el único lugar de encuentro entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra, entre la Santísima Trinidad y el pobre hijo pecador de Adán. Es Cristo a quien Dios el Padre ha "sellado" y designado para transmitir vida a un mundo muerto. (Juan 7:27.) Es Cristo a quien el Padre le ha dado un pueblo para que lo lleve a la gloria. Es Cristo, de quien el Espíritu testifica, y hacia quien siempre guía a un alma para el perdón y la paz. En resumen, "agradó al Padre que en él habitase toda plenitud" (Colosenses 1:19). Lo que es el sol para el firmamento del cielo, lo es Cristo para el verdadero cristianismo.

Digo estas cosas a modo de explicación. Quiero que mis lectores entiendan claramente que al decir "Cristo es el todo", no quiero excluir la obra del Padre y del Espíritu. Ahora permítaseme mostrar a que me refiero.

(a) Cristo es el todo en la justificación de un pecador ante Dios.

Solamente a través de Él podemos tener paz con un Dios Santo. Solo por medio de Él podemos tener admisión a la presencia del Altísimo, y permanecer allí sin temor. "En quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él". Solo en él Dios puede ser justo y justificar a los impíos. (Efesios 3:12, Ro. 3:26.)

¿Con qué puede un hombre mortal presentarse ante Dios? ¿Qué podemos traer como una súplica para la absolución ante ese Ser Glorioso, en cuyos ojos los mismos cielos no están limpios?

¿Diremos que hemos cumplido con nuestro deber hacia Dios? ¿Diremos que hemos cumplido con nuestro deber hacia nuestro prójimo? ¿Traeremos delante nuestras oraciones?—¿Nuestra regularidad?—¿Nuestra moralidad?—¿Nuestras enmiendas?—¿Nuestra asistencia a la iglesia? ¿Pediremos ser aceptados debido a alguna de estas cosas?

¿Cuál de estas cosas resistirá la inspección del ojo de Dios? ¿Cuál de ellas nos justificará realmente? ¿Cuáles de ellas nos exonerarán a través del juicio y nos dejarán a salvo en la gloria?

¡Ninguna, ninguna, ninguna! Toma cualquier mandamiento de los diez, y examinémonos por medio de él. Lo hemos quebrantado repetidamente. No podemos responderle a Dios sobre uno de mil.—Toma a cualquiera de nosotros y mira de cerca nuestros caminos, y no somos más que pecadores. Solo hay un veredicto: todos somos culpables, todos merecemos el infierno, todos debemos morir. ¿Con qué podemos ir ante Dios?

Debemos venir en el nombre de Jesús—sin permanecer firmes en ningún otro motivo—y sin alegar nada más que esto: "Cristo murió en la cruz por los impíos, y yo confío en él". Cristo murió por mi, y yo creo en Él".

La investidura de nuestro hermano mayor—la justicia de Cristo—esta es la única túnica que puede cubrirnos y permitirnos estar en la luz del cielo sin vergüenza.

El nombre de Jesús es el único nombre por el cual obtendremos una entrada a través de la puerta de la gloria eterna. Si llegamos a esa puerta en nuestro propio nombre, estamos perdidos, no seremos admitidos, llamaremos en vano. Si venimos en el nombre de Jesús, esto es un pasaporte y santo y seña, y entraremos y viviremos.

La marca de la sangre de Cristo es la única marca que puede salvarnos de la destrucción. Cuando los ángeles se encuentren separando a los hijos de Adán en el último día, si no nos encontramos marcados con esa sangre expiatoria, es mejor que nunca hubiéramos nacido.

¡Oh, no olvidemos nunca que Cristo debe ser "el todo" para esa alma que sería justificada! Debemos contentarnos con ir al cielo como mendigos—salvos por la gracia gratuita, simplemente como creyentes en Jesús—o nunca seremos salvos en absoluto.

¿Hay alguna alma irreflexiva y mundana entre los lectores de este libro? ¿Hay alguien que piense alcanzar el cielo al decir apresuradamente al final: "Señor, ten misericordia de mí" sin Cristo? Amigo, estás sembrando la miseria para ti mismo, y a menos que cambies, te despertarás en un infortunio sin fin.

¿Hay alguna alma orgullosa y ceremoniosa entre los lectores de este libro? ¿Hay alguien que esté pensando en prepararse para el cielo y que piense que es lo suficientemente bueno como para pasar por medio de sus propios actos? Hermano, estás construyendo una Babel, y nunca alcanzarás el cielo en tu estado actual.

¿Pero hay alguno cargado y trabajado entre los lectores de este libro? ¿Hay alguien que quiera ser salvo y se sienta un vil pecador? Le digo a alguien tal: "Ven a Cristo, y él te salvará". Ven a Cristo y echará la carga de tu alma sobre él. No temas: solo cree".

¿Le temes a la ira? Cristo puede librarte de la ira venidera.—¿Sientes la maldición de una ley quebrantada? Cristo puede redimirte de la maldición de la ley.—¿Te sientes muy lejos? Cristo ha sufrido, para acercarte a Dios.—¿Te sientes impuro? La sangre de Cristo puede limpiar todo pecado.—¿Te sientes imperfecto? Serás completado en Cristo.—¿Te sientes como si no fueras nada? Cristo será "todo en todo" para tu alma. Nunca el santo llegó al cielo con ninguna historia más que esta: "han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero" (Ap. 7:14).

(b) Pero, una vez más, Cristo no solo es todo en la justificación de un verdadero cristiano, sino que también es todo en su santificación.

No quisiera que nadie me malinterpretara. No quiero ni por un momento subestimar la obra del Espíritu. Pero digo esto, que ningún hombre nunca es santo hasta que venga a Cristo y se una a él. Hasta entonces, sus obras son obras muertas, y él no tiene santidad en absoluto.—Primero, debes unirte a Cristo, y entonces serás santo. "Separados de mí nada podéis hacer" (Juan 15:5).

Y ningún hombre puede crecer en santidad si no permanece en Cristo. Cristo es la gran raíz de la cual cada creyente debe sacar su fuerza para seguir adelante. El Espíritu es Su regalo especial, Su regalo comprado para Su pueblo. Un creyente no solo debe haber "recibido al Señor Jesucristo", sino "andad en él; arraigados y sobreedificados en él" (Col. 2:6, 7).

¿Podrías llegar a ser santo? Entonces Cristo es el maná que debes comer diariamente, como Israel en el desierto de antaño. ¿Podrías llegar a ser santo? Entonces Cristo debe ser la roca de la cual debes beber diariamente el agua viva. ¿Podrías llegar a ser santo? Entonces siempre debes estar mirando a Jesús, mirando su cruz, y aprendiendo nuevos motivos para caminar más cerca con Dios, mirando su ejemplo y tomándolo por tu modelo. Al mirarlo, te convertirías en Él. Al mirarlo, tu rostro podría brillar sin que lo sepas. Mírate menos a ti mismo y más a Cristo, y verás que los pecados que te asedian caen y te abandonan, y tus ojos se iluminan cada vez más. (Heb. 12:2; 2 Cor. 3:18.)

El verdadero secreto para salir del desierto es "recostada sobre su amado" (Cantares 8:5.) La verdadera manera de ser fuertes es darnos cuenta de nuestra debilidad y sentir que Cristo debe ser el todo. La verdadera forma de crecer en la gracia es hacer uso de Cristo como fuente para las necesidades de cada minuto. Deberíamos emplearlo como la esposa del profeta empleó el aceite—no solo para pagar nuestras deudas, sino también para vivir. Debemos esforzarnos por poder decir: "y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (2 Reyes 4:7; Gal. 2:20.)

¡Me compadezco de aquellos que intentan ser santos sin Cristo! Tu obra completa es en vano. Estás echando dinero en una bolsa con agujeros. Estás vertiendo agua en un colador. Estás rodando una gran piedra redonda cuesta arriba. Estás construyendo una pared con mortero sin templar. Créame, estás comenzando del lado equivocado. Debes venir primero a Cristo, y él te dará su Espíritu santificador. Debes aprender a decir junto con Pablo: "Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece" (Filipenses 1:13).

(c) Pero, una vez más, Cristo no solo es todo en la santificación de un verdadero cristiano, sino todo en su consuelo en tiempo presente.

Un alma salvada tiene muchas penas. Él tiene un cuerpo, como otros hombres—débil y frágil. Tiene un corazón como otros hombres—y a menudo uno más sensible también. Él tiene pruebas y pérdidas que soportar como otros—y a menudo más. Él tiene su parte de dolores, muertes, decepciones y cruces. Él tiene a un mundo que se le opone—un lugar en la vida que llenar intachablemente—a parientes inconversos a los cuales soportar con paciencia—persecuciones pacíficas que aguantar—y una muerte que padecer.

¿Y quién es suficiente para esas cosas? ¿Qué le permitirá a un creyente soportar todo esto? Nada más que la "consolación en Cristo" (Filipenses 2:1)

Jesús es de hecho el hermano nacido para la adversidad. Él es el amigo más unido que un hermano, y solo Él puede consolar a su pueblo. Él puede ser conmovido con la sensación de tus enfermedades, porque Él mismo sufrió. (Hebreos 4:15.) Él sabe lo que es el dolor, porque fue un hombre de dolores. Él sabe lo que es un cuerpo dolorido, porque su cuerpo fue atormentado por el dolor. Él clamó: "todos mis huesos se descoyuntaron" (Salmos 22:14). Él sabe lo que es la pobreza y el cansancio, porque a menudo se encontraba cansado y no tenía dónde recostar su cabeza. Él sabe lo cruel que es la familia, porque incluso sus hermanos no le creyeron. Él no tuvo honra en su propia casa.

Y Jesús sabe exactamente cómo consolar a su pueblo afligido. Él sabe cómo verter aceite y vino en las heridas del espíritu—cómo llenar las lagunas en corazones vacíos—cómo hablar una palabra en el momento al cansado—cómo sanar el corazón roto—cómo transformar todo en nuestro lecho en la enfermedad—cómo acercarse cuando hemos desmayado y decirnos: "No temas: yo soy tu salvación" (Lam. 3:57).

Hablamos de una empatía que es agradable. No hay empatía como la de Cristo. En todas nuestras aflicciones Él se aflige. Él conoce nuestras penas. En todo nuestro dolor, Él se duele, y como el buen Médico, no nos repartirá una gota de dolor demasiado. David dijo una vez: "En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma" (Salmos 94:19.) Muchos creyentes, estoy seguro, podrían decir. "Si el Señor mismo no hubiera estado a nuestro lado, hubieran entonces pasado sobre nuestra alma las aguas impetuosas" (Sal. 124:5.)

La manea en la que un creyente supera todos sus problemas parece maravillosa. La manera en la que es llevado a través del fuego y del agua que atraviesa parece una comprensión pasada. Pero la verdadera explicación de ello es justamente esta: que Cristo no es solo justificación y santificación, sino también consuelo.

¡Oh, tú que deseas un consuelo infalible, te encomiendo a Cristo! Solo en Él no hay fracaso. Los ricos se decepcionan de sus tesoros. Los hombres cultos se decepcionan de sus libros. Los esposos se decepcionan de sus esposas. Las esposas se decepcionan de sus maridos. Los padres se decepcionan de sus hijos. Los hombres de Estado se decepcionan cuando, después de muchas luchas, alcanzan lugar y poder. Descubren, a su costa, que hay más dolor que placer—que hay desilusión, molestia, problemas incesantes, preocupación, vanidad y aflicción de espíritu. Pero ningún hombre jamás se ha decepcionado de Cristo.

(d) Pero al igual que Cristo es el todo en el consuelo de un verdadero cristiano en el tiempo presente, Cristo también es el todo en sus esperanzas para el tiempo que está por venir.

Serán hallados pocos hombres y mujeres, supongo, que no se entreguen a esperanzas de ningún tipo sobre sus almas. Pero las esperanzas de la gran mayoría no son más que fantasías vanas. Están construidas sin una base sólida. Ningún hombre vivo sino el verdadero hijo de Dios—el cristiano sincero y minucioso—puede ofrecer una explicación razonable de la esperanza que hay en él. Ninguna esperanza que no sea bíblica es razonable.

Un verdadero cristiano cuenta con una buena esperanza cuando mira hacia adelante: el hombre mundano no tiene ninguna. Un verdadero cristiano ve luz a la distancia: el hombre mundano no ve nada más que oscuridad. ¿Y cuál es la esperanza de un verdadero cristiano? Es solo esta, que Jesucristo viene de nuevo—viniendo sin pecado, viniendo con todo su pueblo, para limpiar cada lágrima—viniendo a levantar a sus santos durmientes del sepulcro—viniendo a congregar a toda su familia, para que puedan estar por siempre con Él

¿Por qué un creyente es paciente? porque busca la venida del Señor. Él puede soportar cosas difíciles sin murmurar. Él sabe que el tiempo es corto. Él espera en silencio al Rey.

¿Por qué él es moderado en todas las cosas? Porque espera que su Señor regrese pronto. Su tesoro está en el cielo, sus cosas buenas están por venir. El mundo no es su descanso, sino un parador; y un parador no es un hogar. Él sabe que "el que ha de venir vendrá, y no tardará". Cristo viene, y eso es suficiente. (Heb. 10:37)

Esta es de hecho una "¡esperanza bienaventurada!" (Tito 2:13.) Ahora es el tiempo de las clases—luego el de la celebración eterna. Ahora es el ondeo sobre las olas de un mundo problemático, luego el puerto tranquilo. Ahora es la dispersión, luego la reunión. Ahora es el momento de la siembra, luego el de la cosecha. Ahora es la temporada de trabajo, luego los salarios. Ahora es la cruz, luego la corona.

La gente habla de sus "expectativas" y de sus esperanzas en este mundo. Ninguno tiene expectativas tan sólidas como un alma salva. Él puede decir: "Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza."(Sal. 62:5.)

En toda verdadera religión salvadora, Cristo es el todo: el todo en justificación—el todo en consolación—el todo en esperanza. Bienaventurado ese hijo de una madre que lo sabe y mucho más bendecido es el que lo siente también. ¡Oh, que los hombres se prueben a sí mismos y vean lo que saben de esto por sus propias almas!

IV. Añadiré algo más, y luego he de terminar. Entendamos que Cristo será el todo en el cielo.

No puedo detenerme mucho en este punto. No tengo poder, si tuviera espacio y cabida. Puedo describir cosas que no se ven y un mundo desconocido. Pero esto sé, que todos los hombres y mujeres que lleguen al cielo se darán cuenta de que incluso allí también "Cristo es el todo".

Al igual que el altar del templo de Salomón, el Cristo crucificado será el gran objeto del cielo. Ese altar llamaba la atención de todos los que entraban a las puertas del templo. Era un gran altar de bronce, de veinte codos de ancho, tan ancho como el frente del templo mismo. (2 Cro. 3:4; 4:1.) Así, de la misma manera, Jesús llenará los ojos de todos los que entren a la gloria. En medio del trono y rodeado de ángeles y de santos adoradores, se encontrará el "Cordero como inmolado". Y "el Cordero es su lumbrera" en el lugar. (Ap. 5:6; 21:23.)

La alabanza del Señor Jesús será el canto eterno de todos los habitantes del cielo. Ellos dirán a gran voz: "El Cordero que fue inmolado es digno. Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos" (Ap. 5:12-13).

El servicio del Señor Jesús será una ocupación eterna de todos los habitantes del cielo. Le "sirven día y noche en su templo" (Ap. 7:15.) Bienaventurado es el pensamiento de que por fin lo atenderemos sin distracción y trabajaremos para Él sin cansancio.

La presencia de Cristo Mismo será un disfrute eterno de los habitantes del cielo. Veremos "Su rostro", escucharemos Su voz, y hablaremos con Él como un amigo con un amigo. (Ap. 22:4.) Dulce es el pensamiento acerca de que quien quiera que esté en la cena de bodas, el Maestro mismo estará allí. Su presencia satisfará todos nuestros deseos. (Sal. 17:15.)

¡Qué hogar tan dulce y glorioso será para aquellos que han amado al Señor Jesucristo con sinceridad! Aquí nosotros vivimos por fe en Él, y hallamos paz, aunque no lo vemos. Allí lo veremos cara a cara, y descubriremos que Él es del todo encantador. "Mejor" en verdad será la "vista de ojos que deseo que pasa" (Eclesiastés 6:9).

Pero, ¡ay !, cuán poco aptos para el cielo son muchos de aquellos que hablan de "ir al cielo" cuando mueren, mientras manifiestamente no tienen fe salvadora ni un verdadero conocimiento de Cristo. No le das a Cristo ningún honor aquí. No tienes comunión con Él. No lo amas. ¡Ay! ¿Qué podrías hacer en el cielo? No sería un lugar para ti. Sus alegrías no serían alegrías para ti. Su felicidad sería una felicidad en la cual no podrías entrar. Sus empleos serían un fastidio y una carga para tu corazón. ¡Oh, arrepiéntete y cambia antes de que sea demasiado tarde!

Confío en que he demostrado cuán profundas son las bases de esa pequeña expresión, "Cristo es el todo."

Puedo agregar fácilmente a las cosas que he dicho, si el espacio lo permite. El tema no se ha agotado. Apenas he caminado sobre la superficie de éste. Hay minas de una verdad preciosa conectada con esto que he dejado sin abordar.

Podría mostrar cómo es que Cristo debería ser el todo en una iglesia visible. Edificios religiosos espléndidos, numerosos servicios religiosos, ceremonias magníficas, tropas de hombres ordenados, todo, todo es nada ante los ojos de Dios, si el Señor Jesús mismo en todos sus oficios no es honrado, magnificado y exaltado. Esa Iglesia no es más que un cadáver muerto en el que Cristo no es "el todo". 

Podría mostrar cómo es que Cristo debería ser el todo en un ministerio. La gran obra que los hombres ordenados tienen la intención de llevar a cabo, es elevar a Cristo. Debemos ser como la vara en la que fue colgada la serpiente de bronce. Somos útiles siempre que exaltemos al gran objeto de la fe, pero no más allá de ello. Debemos ser embajadores que lleven nuevas a un mundo rebelde sobre el Hijo del Rey, y si enseñamos a los hombres a pensar más sobre nosotros y sobre nuestro oficio que sobre Él, no somos aptos para nuestro lugar. El Espíritu nunca honrará a ese ministro que no testifique de Cristo, que no haga a Cristo "el todo".

Podría mostrar cómo es que el lenguaje parece agotarse en la Biblia, al describir las diversas funciones de Cristo. Podría describir cómo es que parecen interminables las figuras que se emplean en el despliegue de la plenitud de Cristo. El Sumo Sacerdote, el Mediador, el Redentor, el Salvador, el Abogado, el Pastor, el Médico, el Novio, la Cabeza, el Pan de Vida, la Luz del Mundo, el Camino, la Puerta, la Vid, la Roca, la Fuente, el Sol de Justicia, el Precursor, el Fiador, el Capitán, el Príncipe de la Vida, el Amén, el Todopoderoso, el Autor y Consumador de la Fe, el Cordero de Dios, el Rey de los Santos, el Maravilloso, el Dios Fuerte, el Consejero, el Obispo de las Almas—todos estos, y muchos más, son nombres dados a Cristo en las Escrituras. Cada una es una fuente de instrucción y de consuelo para todos los que estén dispuestos a beber de ellas. Cada uno suministra materia para una meditación útil.

Pero confío en que he dicho lo suficiente como para arrojar luz sobre el punto que quiero grabar en las mentes de todos los que leen este artículo. Confío en que he dicho lo suficiente como para mostrar la inmensa importancia de las conclusiones prácticas con las que ahora deseo terminar el tema.

(1) ¿Cristo es el todo? Entonces aprendamos la absoluta inutilidad de una religión sin Cristo.

Hay demasiados hombres y mujeres bautizados que prácticamente no saben nada sobre Cristo. Su religión consiste en algunas nociones vagas y expresiones vacías. "Confían en que no son peores que otros. Se mantienen en su iglesia. Intentan cumplir con su deber. No le hacen ningún daño a nadie. Esperan que Dios sea misericordioso con ellos. Confían en que el Todopoderoso perdonará sus pecados y los llevará al cielo cuando mueran". ¡De esto se trata la totalidad de su religión!   

Pero, ¿qué saben estas personas prácticamente sobre Cristo? Nada: ¡nada en absoluto! ¿Qué conocimiento experimental tienen ellos de sus oficios, su obra, su sangre, su justicia, su mediación, su sacerdocio, su intercesión? Ninguno: ¡ninguno en absoluto! Pregúntales acerca de una fe salvadora; pregúntales acerca de nacer de nuevo por el Espíritu; pregúntales acerca de ser santificados en Cristo Jesús. ¿Qué respuesta obtendrás? Eres un bárbaro para ellos. Les has hecho preguntas sencillas sobre la Biblia. Pero experimentalmente no saben más acerca de ello que un budista o un turco. ¡Y, sin embargo, esta es la religión de cientos y miles de personas que se dicen cristianos en todo el mundo!

Si algún lector de este documento es un hombre de este tipo, le advierto claramente que tal cristianismo nunca lo llevará al cielo. Puedes hacerlo muy bien ante los ojos del hombre. Puedes aprobar muy decentemente en la reunión de la junta parroquial, en el lugar de trabajo, en la Cámara de los Comunes o en las calles. Pero eso nunca te consolará. Nunca satisfará tu conciencia. Nunca salvará tu alma.

Te advierto claramente que todas las nociones y teorías acerca de que Dios es misericordioso sin Cristo, y excepto a través de Cristo, son ilusiones sin fundamento y fantasías vacías. Tales teorías son tan solo un ídolo de la invención del hombre como el ídolo de Juggernaut. Todas ellas son de la tierra, terrenales. Ellas nunca descendieron del cielo. El Dios del cielo ha sellado y designado a Cristo como el único Salvador y modo de vida, y todos los que se salvan deben estar contentos de ser salvos por medio de Él, o nunca serán salvos en absoluto.

Que cada lector tome nota. Te doy una buena advertencia este día. Una religión sin Cristo nunca salvará tu alma.

(2) Digamos otra cosa. ¿Cristo es el todo? Entonces APRENDE LA ENORME LOCURA DE UNIRTE A CUALQUIER COSA CON CRISTO EN LA CUESTIÓN DE LA SALVACIÓN.

Hay multitudes de hombres y mujeres bautizados que profesan honrar a Cristo, pero en realidad le causan una gran deshonra. Le dan a Cristo un lugar determinado en su sistema de religión, pero no el lugar que Dios quiso que él llenara. Solo Cristo no es "el todo en todo" para sus almas.—¡No! Es Cristo y la Iglesia, —o Cristo y los sacramentos, —o Cristo y sus ministros ordenados, —o Cristo y su propio arrepentimiento, —o Cristo y su propia bondad, o—Cristo y sus propias oraciones, o—Cristo y su propia sinceridad y caridad, en lo cual prácticamente hacen descansar sus almas.

Si algún lector de este artículo es un cristiano de este tipo, también le advierto claramente que su religión es una ofensa ante Dios. Estás cambiando el plan de salvación de Dios por un plan de tu propia invención. De hecho estás destituyendo a Cristo de su trono, dándole a otro la gloria debida a Él.

No me importa quién sea el que enseñe tal religión y en la palabra de quién te edificas. Ya sea que se trate del Papa o Cardenal, Arzobispo u Obispo, Deán o Archidiácono, Presbítero o Diácono, Episcopal o Presbiteriano, Bautista o Independiente, Wesleyano o hermano de Plymouth, quienquiera que le agregue algo a Cristo, te enseña mal.

No me importa qué es lo que agregues a Cristo. Ya sea la necesidad de unirse a la Iglesia de Roma, de ser un episcopal, de convertirse en un eclesiástico libre, de abandonar la liturgia, o de ser sumergido—sea lo que sea que puedas agregar prácticamente a Cristo en el asunto de la salvación, le haces un agravio a Cristo.

Presta atención a lo que estás haciendo. Cuídate de darles a los siervos de Cristo el honor que solo es debido a Cristo y a nadie más. Ten cuidado de no darle a las ordenanzas del Señor el honor debido al Señor. Cuídate de descansar la carga de tu alma en cualquier cosa que no sea Cristo, y solo en Cristo.

(3) Permíteme decir otra cosa. ¿Cristo es el todo? ENTONCES, PERMITE QUE TODOS AQUELLOS QUE QUIERAN SER SALVOS, LO SOLICITEN DIRECTAMENTE A CRISTO.

Hay muchos que oyen de Cristo con el oído y creen todo lo que se les dice acerca de él. Toleran que no haya salvación excepto en Cristo. Ellos reconocen que solo Jesús puede librarlos del infierno y presentarlos intachables delante de Dios.

Pero parece que nunca van más allá de este reconocimiento general. Nunca se adueñan de Cristo para sus propias almas. Se mantienen firmes en un estado de deseo, anhelo, sentimiento e intención, y nunca llegan más allá. Ellos entienden lo que queremos decir: saben que todo es verdad. Esperan un día obtener el máximo beneficio de ello, pero en la actualidad no obtienen ningún beneficio. El mundo es su "todo". La política es su "todo". El placer es su "todo". Los negocios son su "todo". Pero Cristo no es su todo.

Si algún lector de este documento es un hombre de este tipo, también le advierto claramente, que se encuentra en un mal estado del alma. Estás de camino hacia el infierno en tu condición presente, como Judas Iscariote, Acab o Caín. Créeme, debe haber una fe real en Cristo, o Cristo murió en vano en lo que a ti concierne. No estás mirando el pan que alimenta al hombre hambriento sino el comerlo realmente. No es mirar al bote salvavidas lo que salva al náufrago, sino a meterse en él. No es conocer y creer que Cristo es un Salvador lo que puede salvar tu alma, a menos que haya transacciones reales entre tú y Cristo. Debes poder decir: "Cristo es mi Salvador, porque he venido a Él por fe y lo he tomado para mi mismo". "Gran parte de la religión", dijo Lutero, "se vuelve capaz de usar pronombres posesivos". Quita de mi la palabra 'mi.' y me quitas a Dios!"

Escucha el consejo que te doy este día, y actúa de inmediato. No te quedes parado, esperando algunos marcos imaginarios y sentimientos que nunca vendrán.  No vaciles más en la idea de que primero debes obtener el Espíritu y luego venir a Cristo. Levántate y ven a Cristo tal como eres. Él te espera, y está tan dispuesto a salvar como es poderoso. Él es el médico designado para las almas enfermas de pecado. Trata con Él como lo harías con tu médico sobre la cura de una enfermedad de tu cuerpo. Hazle un pedido directo y cuéntale todo lo que quieras. Lleva contigo palabras este día, y clama poderosamente al Señor Jesús por perdón y paz, como lo hizo el ladrón en la cruz. Haz lo que hizo ese hombre: clama: "Señor, acuérdate de mí" (Lucas 23:42.) Dile que has oído que Él recibe pecadores, y que tú eres tal. Dile que quieres ser salvado y pídele que te salve. No descanses hasta que hayas probado por ti mismo que el Señor es misericordioso. Haz esto y te darás cuenta, tarde o temprano, si realmente eres sincero en cuanto a si "Cristo es el todo".

(4) Añadamos algo más. ¿Cristo es el todo? Entonces PERMITE QUE TODO SU PUEBLO CONVERTIDO DESCANSE EN ÉL Y QUE CONFÍE EN ÉL MÁS DE LO QUE LO HAN HECHO ALGUNA VEZ.

¡Desafortunadamente, hay muchas personas del Señor que viven muy por debajo de sus privilegios! Hay muchas almas verdaderamente cristianas que se despojan de su propia paz y abandonan sus propias misericordias. Hay muchos que insensiblemente unen su propia fe, o la obra del Espíritu en sus propios corazones, con Cristo, y así pierden la plenitud de la paz del Evangelio. Hay muchos que progresan poco en su búsqueda de la santidad y que brillan con una luz muy tenue. ¿Y por qué pasa todo esto? Simplemente porque en diecinueve casos de veinte, los hombres no hacen de Cristo todo en todo.

Ahora hago un llamado a cada lector de este escrito que sea creyente, le imploro por su propio bien, para asegurarme de que Cristo es en realidad su ser total y absoluto. Ten cuidado de permitirte mezclar cualquier cosa propia con Cristo.

¿Tienes fe? Es una bendición invaluable. Felices de hecho son aquellos quienes están dispuestos y listos para confiar en Jesús. Pero ten cuidado, no hagas un Cristo de tu fe. No descanses en tu propia fe, sino en Cristo.

¿La obra del Espíritu está en tu alma? Gracias a Dios por eso. Es una obra que nunca será derrumbada. Pero, ¡cuidado!, ¡no sea que, sin darte cuenta, hagas un Cristo de la obra del Espíritu! No descanses en la obra del Espíritu, sino en Cristo.

Tienes algún sentimiento interno de religión y experiencia de gracia. Gracias a Dios por eso. Miles de personas no tienen más sentimientos religiosos que un gato o un perro. Pero, ¡cuidado, no sea que conviertas a Cristo en tus sentimientos y sensaciones! Son cosas pobres, inciertas y tristemente dependientes de nuestros cuerpos y circunstancias externas. Descansa solo en Cristo.

Aprende, te suplico, a mirar cada vez más hacia el gran objeto de fe, Jesucristo, y a mantener tu mente morando en él. Al hacer eso, encontrarías que la fe y todas las otras gracias crecen, aunque el crecimiento en ese momento pudiera ser imperceptible para ti. Aquel que demuestre ser un hábil arquero no debe mirar la flecha, sino el objetivo. 

¡Ay, temo que todavía hay un gran orgullo e incredulidad en los corazones de muchos creyentes! Pocos parecen darse cuenta de cuánto necesitan un Salvador. Pocos parecen entender cuán profundamente están en deuda con él. Pocos parecen comprender cuánto lo necesitan todos los días. Pocos parecen sentir cuán simple y como un niño deberían tender sus almas sobre él. Pocos parecen darse cuenta de cuán lleno de amor es Él con su pueblo pobre y débil, y de cuán listo está para ayudarlos. Y pocos, por lo tanto, parecen conocer la paz, la alegría, la fuerza y ​​el poder para vivir una vida piadosa, que debe obtenerse en Cristo.

Cambia tu plan, lector, si tu conciencia te dice que eres culpable: cambia tu plan y aprende a confiar más en Cristo. A los médicos les encanta ver a los pacientes acercándose para consultarlos: es su trabajo recibir enfermos y, si es posible, efectuar curas. El abogado adora ser empleado: esa es su vocación. El esposo ama que su esposa confíe en él y se apoye en él: es su placer cuidarla y promover su comodidad. Y Cristo ama que su pueblo se apoye en Él, descanse en Él, le invoquen y que permanezcan en Él.

Aprendamos y esforcémonos en hacer esto cada vez más. Vivamos de Cristo. Vivamos en Cristo Vivamos con Cristo Vivamos para Cristo Haciendo eso, probaremos que comprendemos plenamente que "Cristo es el todo". Haciendo eso, sentiremos una gran paz y obtendremos más de esa "santidad, sin la cual nadie verá al Señor." (Heb. 12:14.) 

 

Modifié le: mardi 17 avril 2018, 13:06